Hoy, viniendo de Madrid en coche, he tenido un accidente que bien me
habría podido costar la vida: íbamos a 120km/h cuando el conductor del
coche se ha despistado y nos hemos dado un par de lechazos. El primero,
flojo, contra el hormigón protector que hay a la derecha de la
vía. El segundo, después de volantazo, de frente contra el hormigón de
la mediana. Este último ha sido realmente duro. Álvaro, el conductor,
estaba peor que yo: sangraba su brazo izquierdo y el airbag le
había quemado los brazos. Yo he salido del coche, o lo que quedaba de
él, por mi propio pie. Ha sido a los 20 minutos, cuando comenzaba a
tranquilizarme, cuando he empezado a notar los dolores de espalda.
La verdad es que yo iba durmiendo cuando ha sucedido todo, con lo que
difícilmente puedo relatar el principio de la historia. Con el primer
golpe me he despertado de sopetón y he visto cómo cruzábamos la
carretera transversalmente para empotrarnos con el hormigón de la
mediana. No, no he visto mi vida en un segundo. Simplemente trataba de
averiguar qué diantres estaba pasando. Supongo que por culpa de la
modorra.
La operación de rescate ha sido relativamente rápida y sencilla. Un par
de coches se han parado para echarnos una mano, uno de los cuales
pertenecía a un guardia civil que estaba de vacaciones y nos ha prestado
una ayuda incalculable. A Álvaro incluso le han vendado el brazo
mientras llegaba la ambulacia.
La grúa no ha tardado en aparecer y se ha llevado los restos del coche,
que seguro que es siniestro total. La ambulancia ha tardado un poco más
y nos ha recogido a los dos para llevarnos a un hospital de Valencia. Al
llegar al hospital y preguntarme qué es lo que me pasaba y decir que me
dolía la espalda nos han mandado a un segundo hospital:
La Fe de Valencia, centro
médico de referencia de la Comunidad Valenciana.
Allí nos hemos separado Álvaro y yo, puesto que lo mío correspondía a
traumatología y lo suyo era una quemadura y una herida que necesitaba
puntos de sutura. Nunca pensé que sería tan impresionante ir en una
camilla boca arriba, totalmente tumbado y mirar el techo de un hospital.
En esos momentos se tiene miedo. Mucho miedo. Allí tanto los médicos
como el personal me han tratado fenomenal y con un cuidado que no me
esperaba. Después de unas pruebas de movilidad me han hecho unas
placas (radiografías) y resulta que no parecía que hubiese
ninguna lesión más que muscular, que es lo menos grave que puede pasar.
Después de eso, un traumatólogo me ha hecho alguna prueba tocando aquí y
allá. Ha servido para confirmar que los dolores que ahora tengo, que son
bastantes, no son nada grave y con un poco de tiempo se curarán. A
Álvaro han tardado más o menos lo mismo en curarle que a mí. A la salida
nos estaban esperando su novia y el padre de su novia. Yo no he podido
avisar a casa hasta después de que me diesen el alta, porque ahí donde
yo estaba no se podía utilizar el móvil.
Entre unas cosas y otras nos hemos plantado en mi casa a las 11 de la
noche. Sanos (o casi) y salvos (a ver durante cuanto tiempo).
Ojo al conducir, porque lo que nos ha salvado ha sido la suerte de que
no viniese ningún coche mientras cruzábamos sin control la carretera de
lado a lado las dos veces.